Hacía mucho que le tenía ganas a “
Nunca tomaba la decisión de comprarlo, pero no es algo de lo que me arrepiento.
No acostumbro a comprar el último libro en salir. Prefiero estirarlo, dejarlo para el verano o para las vacaciones de invierno, cuando estoy libre de parciales, parcialitos, finales, trabajos prácticos, cuestionarios, prácticas profesionalizantes y demás artimañas de las que los profesores se valen para mantenerme alejado de aquello que realmente me hace bien.
Exactamente lo opuesto siento cuando paso por los locales de usados o discontinuados. Libro que veo, libro que me llevo. Aunque sean los últimos 20 pesos que me quedan y todavía falte una semana para cobrar. Uno nunca sabe cuando lo va a volver a tener en frente. “Afrodita”, “Demian”, “Cien cepilladas antes de dormir”, “A.D. el año que cambió el mundo”, “Siddhartha” y vaya uno a saber cuantos libros más cayeron en mis manos por ese desesperado método.
Conseguí la “Ladrona de Libros” mediante uno de los dos otros métodos que tengo para valerme de lecturas. Una vez al año, en
Apenas lo tuve en mis manos lo devoré. ¿O tal vez me devoró? No lo sé. Lo cierto es que por un par de días me mantuvo en hermosa condición de rehén impidiendo que duerma por las mañanas en los mullidísimos asientos de los colectivos de
La autobiografía de una damita contada por la mismísima Parca suele tener esas consecuencias en la gente de Carupá.
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Primero los colores.
Luego los humanos.
Así es como acostumbro a ver las cosas.
O, al menos, así intento verlas.
UN PEQUEÑO DETALLE
Morirás.
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Así empieza. Son los primeros seis renglones. Markus Zusak, un purrete Australiano, es el culpable de estas páginas, en las que
Ojala algún día se me ilumine la cabeza y pueda enrollar las palabras con la habilidad de este caballero. No puedo evitar maravillarme ante la gente que escribe de esta manera. Además tiene algo muy simpático. Usa un método muy parecido al de
La muerte, evidentemente no es mala. Es un poco fría, pero no mala. Llevarse almas es un trabajo complicado, que tiende a sobrecargarse en tiempos de Segundas Guerras Mundiales.
Si fuera mala, no hubiera rescatado el libro negro de Liesel. Si fuera fría, no la hubiera maravillado su historia. Si fuera egoísta, no la estaría contando. Si fuera apática, no se hubiera enternecido con Rudy.
Es imposible no querer a cada uno de los participantes. Liesel, Rudy (su mejor amigo), Max (el joven judío que intentó escapar de la guerra), Rosa y Hans (los padres adoptivos),
Max le dió dos historias. Eran solo para ella. Él le enseñó a regalar palabras.
Rudy. El beso. En las primeras páginas lo anticipa. Pero ¿Porque tardó tanto? Tenía que ser de esa manera, pero no merecía ser así. Prometo azotar fuertemente en las cachas a quien asegure que no se le escapó un lagrimón al leer la historia de Liesel. No es posible. Desespera. Quise, pero no se puede. Juro que quise haber podido meter la mano entre las páginas, sacarla y abrazarla. Bien fuerte. Pero no pude.
Una partecita del prólogo: Así se presenta
La última ocasión en que la vi todo era rojo. El cielo parecía un caldo hirviendo, en plena agitación, un poco requemado. Algunos tropezones negros y salpicaduras de pimienta flotaban sobre el rojo.
Un poco antes, unas niñas habían estado jugando allí a la rayuela, en esa calle que parecía una página con manchas de aceite. Cuando llegué, todavía se oía el eco de sus voces. Los pies repicando contra la calzada, las carcajadas infantiles y las sonrisas de sal. Aunque se desvanecían a gran velocidad.
Luego, las bombas.
Esta vez, todo llegó tarde.
Las sirenas. Los gritos alborotados de la radio. Todo demasiado tarde.
En cuestión de pocos minutos, había montañas de cemento y tierra por todas partes. Las calles se abrieron como venas reventadas. La sangre corrió hasta que se secó en el suelo, donde quedaron pegados los cuerpos inmóviles, como los escombros tras una inundación.
Pegados al suelo hasta el último de ellos. Un mar de almas.
¿Fue el destino?
¿La mala suerte?
¿Eso los dejó pegados al suelo?
Por supuesto que no.
No seamos estúpidos.
Seguramente las bombas, arrojadas por los humanos escondidos entre las nubes, tuvieron algo que ver.
Sí, el cielo era de un rojo abrumador, ardiente. La pequeña ciudad alemana había quedado dividida en dos otra vez. Los copos de ceniza caían con tal encanto que uno se sentía tentado de atraparlos con la lengua y saborearlos. Pero te habrían quemado los labios y escaldado la boca.
Lo recuerdo con toda claridad.
Estaba a punto de irme cuando la vi allí, arrodillada.
A su alrededor, se había escrito, proyectado y erigido una montaña de escombros. Se aferraba a un libro.
Por encima de todo, la ladrona de libros ansiaba volver al sótano a escribir o leer su historia una vez más. Ahora que lo pienso, sin duda se le veía en la cara. Se moría de ganas de reencontrar esa seguridad, ese hogar, ero era incapaz de moverse. Además, el sótano ya no existía. Era parte del paisaje devastado.
Por favor, insisto, créeme.
Tuve ganas de detenerme y agacharme a su lado.
Tuve ganas de decirle: “Lo siento, pequeña”.
Pero no está permitido.
No me agaché. No dije nada.
Me quedé mirándola un rato y, cuando se movió, la seguí.
Soltó el libro.
Se arrodillo.
La ladrona de libros se puso a gritar.
Cuando empezó la limpieza, su libro recibió varias pisotadas y, aunque sólo tenían orden de despejar el cemento de las calles, el objeto más preciado de la niña también acabó en el camión de la basura. Entonces me vi obligada a reaccionar. Subí al vehículo y lo cogí, sin ser consciente de que me lo quedaría y lo estudiaría miles de veces a lo largo de los años. Buscaría los lugares en que nuestros caminos se habían cruzado y me maravillaría con todo lo que la niña había visto y cómo había conseguido sobrevivir. Es lo único que puedo hacer: descubrir que ese relato se ajusta al resto de lo que presencié en esa época.
Cuando la recuerdo, veo una larga lista de colores, aunque hay tres que resuenan en mi memoria por encima de todos los demás.
Unos se abalanzan sobre los otros. La rúbrica negra garabateada sobre el cegador blanco que todo Lo ocupa, apoyado en el espeso y meloso rojo.
Vi a la ladrona de libros en tres ocasiones.
Si, la recuerdo a menudo y conservo su historia en uno de mis múltiples bolsillos para contarla una y otra vez. Es una más de la pequeña legión que llevo conmigo, cada una de ellas extraordinarias a su modo. Todas son un intento, un extraordinario intento de demostrarme que vosotros, y la existencia humana, valéis la pena.
Aquí está. Una más entre tantas.
La ladrona de libros.
Si te apetece, ven conmigo. Te contaré una historia.
Te mostraré algo.

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