viernes, 4 de abril de 2008

El mundo por una terraza llena de Gordas Negras



Imagino el tren que viene de Retiro, detenido y con las puertas abiertas en la Estación Carupá. Escucho una voz muy suave, casi imperceptible, que se va haciendo notar cada vez más.

Una mujer rolliza, de piel muy oscura y sonrisa perturbadoramente blanca baja de la última puerta del último vagón del tren. Está cubierta con una especie de túnica violácea que apenas deja ver sus pies. La siento tararear con voz dulce. Sus manos, mullidas se golpean entre sí, marca ritmo con las palmas, y siguiendo ese ritmo empieza a caminar lentamente.

Cada palma guía su paso y cada paso que da genera una delicada onda expansiva, que mueve caderas, piernas, pechos, brazos y manos, cerrando un circuito infinito. Sus carnes, abundantes, suaves, firmes, se combinan con manos y cuerdas vocales. Una inmensa armonía la gobierna. Ahora, empieza a cantar...

Oh, Happy Day...

Detrás de ella, bajan dos damas más, afectadas por el mismo hechizo, que sincroniza cuerpos, voces y almas.

La misma escena se repite por cada puerta en cada uno de los seis vagones del tren. Cada mujer sigue a la que esta adelante y la primera las guía a todas, de acuerdo a órdenes divinas de vaya uno a saber que ente superior.

Caminan en fila hasta que salen de la estación. Ahora copan la calle, elevan sus voces un poco más. El himno que entonan se hace algo más claro...

Oh, Happy Day...

Los vecinos inmóviles, perplejos, encantados, quedan detrás de esa masa púrpura de voces que avanza golpeando sus manos con los brazos en alto. Pueden ver como de esos labios sensuales brotan aquellas voces tiernas que deleitan a los oidos, como de sus escotes abultados emerge el son que atrapa a los sentidos, y perciben el modo extraño en que esas caderas indomables se hacen sumisas ante el poder inmenso de una música de la que ya forman parte.

Se acercan a casa. Aquella mujer envuelta en púrpura que simula iniciar esta cadena desliza su mano dentro de la túnica, saca un llavero repleto de llaves, enormes, doradas. Elige una, la introduce en el cerrojo, abre mi puerta, entra en casa.

Misteriosamente encuentra una escalera, la apoya contra una pared, coloca su pie derecho sobre el primer escalón, el izquierdo sobre el segundo, y mientras mas asciende ella, mas se eleva su voz.

Una segunda Gorda Negra sigue sus pasos. Y una tercera... y una cuarta...

Desde abajo se ven esas divinidades gordas, enormes, hermosas, subiendo una por una, elevando la voz a cada centimetro, formando parte de ese coro celestial que atrapa el corazón de todo aquel que quiere oir.

Ahora estan todas juntas en la misma terraza, en el mismo espacio físico, no se desplazan, pero siguen bajo el efecto de aquella onda expansiva, producto de sus voces, sus palmas, sus chasquidos. Con los brazos tan arriba como pueden, cada sonido repercute hasta en la parte más intima de cada una de ellas, despertando y uniendo al coro a aquellos distritos de sus anatomías que ni ellas mismas conocen.

Generan un aura y las excede, ya no pueden ser solo ellas, sus voces llegan a un punto máximo, el alma se escapa de sus cuerpos, se une a un alma más grande que las abraza, no solo a ellas sino a toda una ciudad, a Carupá City, iluminándola, llenándola y llenándome de placer, de extasis, de música y de luz.

Oh, Happy Day...

Sumérgase usted también en los cantos de las hermosísimas Gordas Negras con "Oh Happy Days", en la banda sonora de Sister Act 2. No sea cobarde libere sus oídos al placer y haga click en el botón Play un poco más abajo.




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