A veces me pongo a pensar: ¿Porque me hice este blog si no publiqué absolutamente nada de lo poquito que escribí? Para ser sincero, nada de lo que tipeé hasta ahora me dejó muy conforme. Sin embargo en los viajes en tren y colectivo al trabajo encontré un cuento dentro del tremendo libro “Demian”, de Hermann Hesse, que provocó ciertas reacciones en quien escribe. Me hace pensar en una manera extraña de telepatía, en la que uno mismo, solo con el pensamiento y la fuerza interna, puede transmitir a otro aquello que siente. “Hablar con el corazón”, le llamaba a esta telepatía la tía Allende.
Esta historia dentro de otra historia, forma parte de esas cosas por las que me siento marcado internamente, tal vez porque en algún punto me duele, tal vez por que en algo me siento reflejado. Y eso es lo que me gusta en un libro, un cuento o una canción. Que me invite a soñar en su mundo, que me haga sentir, mas allá de si viví o no aquella situación, esos placeres, dolores, esperanzas, desengaños, alegrías y tristezas que cuenta.
En ocasiones, me sentía descontento y atormentado de deseos. Creía no poder soportar ya por más tiempo tenerla a mi lado sin estrecharla entre mis brazos. También esto lo advirtió ella en seguida, y al verme llegar una tarde a su casa, agitado y confuso, después de varios días de retraimiento, me llevó aparte y me dijo: “No debe usted entregarse a deseos en los que no cree. Sé lo que usted desea. Tiene usted que abandonarlos o desearlos de verdad y por entero. Cuando llegue usted a pedir llevando en sí la plena seguridad de lograr su deseo, la demanda y la satisfacción coincidirán en un solo instante. Pero usted desea y se reprocha, temeroso, sus deseos. Tiene usted que dominar todo eso. Voy a contarle una conseja”.
Y me contó de un adolescente que estaba enamorado de una estrella. A la orilla del mar extendía los brazos hacia ella, la adoraba, soñaba con ella y le dedicaba todos sus pensamientos. Pero sabía, o creía saber, que un hombre no puede enlazar con sus brazos una estrella. Imaginaba que su destino era amarla siempre sin esperanza y construyó sobre ésta idea toda una vida de renunciamiento y de dolor, callado y fiel, que habría de purificarle y ennoblecerle. Una noche se hallaba sentado de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando a su amada y ardiendo en amor por ella. Y en un instante de profundo anhelo saltó al vacío, hacia la estrella. Pero todavía entonces pensó en la imposibilidad de alcanzarla y cayó, destrozándose contra las rocas. No sabía amar. Si en el momento de saltar hubiese tenido fuerza de alma suficiente para creer fija y seguramente en el logro de su deseo, hubiese volado cielo arriba a reunirse con su estrella.
- El amor no debe pedir –continuó- ni exigir tampoco. Ha de tener la fuerza de llegar en si mismo a la certeza, y entonces atrae ya en lugar de ser atraído. Sinclair, su amor es ahora atraído por mí. Cuando llegue a atraerme, entonces acudiré. No quiero hacer un regalo, quiero ser ganada.